Akllasqa: La casa de campo que nació de un padre, una familia y el deseo de volver a estar juntos

En Lunahuaná, una familia convirtió el sueño de un padre en un refugio donde las historias continúan, los objetos vuelven a tener vida y el verdadero lujo es compartir tiempo con quienes uno quiere. Así nació Casa Campo Akllasqa.

Hay lugares que se construyen con planos, ladrillos y cemento. Y hay otros que empiezan mucho antes: con un sueño, una conversación familiar y la ilusión de tener un lugar al que siempre se pueda volver.

Casa Campo Akllasqa nació así.

La historia comienza con el padre de una familia que encontró en Lunahuaná un lugar especial. Sin ser arquitecto ni ingeniero, tenía una fascinación por imaginar espacios, dibujar, transformar ideas en lugares y, sobre todo, una profunda conexión con este valle.

Cuando compró los terrenos, no pensaba en crear un hospedaje. Su sueño era mucho más sencillo y, quizás por eso, mucho más importante: tener una casa de campo donde pudiera reunirse toda la familia.

Un lugar para escapar de la ciudad. Para que los hijos pudieran volver. Para que los hermanos compartieran una mesa. Para que los domingos tuvieran otro ritmo. Para que las nuevas generaciones crecieran rodeadas de naturaleza y, algún día, pudieran recordar esos momentos.

No sabía entonces que estaba construyendo algo que terminaría siendo mucho más grande que una casa.

Estaba construyendo un lugar para guardar recuerdos.

Un proyecto que se construyó entre todos

Akllasqa nunca fue el proyecto de una sola persona.

El padre involucró a toda la familia desde el principio. Las ideas aparecían alrededor de una mesa, entre dibujos hechos a mano, conversaciones y pequeños papeles que se movían de un lado a otro como si fueran piezas de un rompecabezas.

Cada hermano comenzó a imaginar cómo sería su propio espacio.

Y esa manera tan personal de construir el proyecto explica algo que hoy hace especial a Akllasqa: ninguno de sus bungalows es igual al otro.

Cada uno tiene una identidad propia porque cada uno nació de una persona distinta. De sus gustos, de sus recuerdos, de su manera de entender una casa y de aquello que imaginaba compartir con los demás.

De alguna manera, la familia fue dejando pequeños pedazos de sí misma en el lugar.

Lo que comenzó como una casa de campo se convirtió poco a poco en el escenario de una historia familiar.

Y mientras el proyecto crecía, también lo hacía la familia.

Cuando llegó alguien nuevo, también se enamoró de Akllasqa

Jorge llegó a la familia y terminó enamorándose del proyecto tanto como ellos.

Su vínculo con Akllasqa llegó a tal punto que decidió dedicarle su tesis de MBA.

Junto con sus compañeros estudió el potencial del lugar y ayudó a pensar cómo aquella casa familiar podía convertirse en una experiencia que también pudiera ser compartida con otras personas.

Pero había una condición que nunca estuvo en discusión: Akllasqa no podía dejar de sentirse como una casa.

Así nació la idea de abrir las puertas a huéspedes sin perder aquello que le había dado sentido desde el principio.

Que quien llegara pudiera sentir que no estaba entrando a un hotel, sino a una casa de campo.

Una casa que alguien había imaginado durante años. Una casa que tenía historias. Una casa donde cada objeto podía tener un pasado.

La naturaleza como parte de la familia

Al llegar a Akllasqa, lo primero que cambia es el ritmo.

El sonido del río reemplaza al ruido de la ciudad. Las montañas aparecen alrededor. Los árboles, los jardines y el aire invitan a respirar distinto.

Aquí nadie tiene que correr.

Se puede desayunar frente al río, leer debajo de un árbol, cocinar juntos, preparar una parrilla, encender una fogata o simplemente quedarse mirando el agua.

Y quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que dejó aquel sueño inicial del padre: que estar juntos no siempre necesita un plan. A veces basta con tener un lugar para encontrarse.

Cada bungalow conserva esa filosofía.

Algunos tienen chimenea; otros, terrazas, jardines privados, parrillas u hornos de barro. Pero todos tienen algo en común: fueron concebidos para que la naturaleza permanezca en el centro de la experiencia.

El bungalow que creció junto a una familia

Entre todos los espacios existe uno especialmente simbólico: el Bungalow de la Luna.

Jorge y su esposa lo diseñaron juntos. No contrataron arquitectos.

Volvieron al mismo método que había utilizado la familia para imaginar Akllasqa: conversar, dibujar y soñar alrededor de una mesa.

Querían crear un espacio donde la naturaleza no se contemplara únicamente desde una ventana, sino que formara parte de la habitación.

Así nació un loft abierto hacia el río, con grandes techos de vidrio desde donde se pueden contemplar la luna y las estrellas desde la cama.

Frente a la habitación construyeron una piscina interior natural y, unos pasos más adelante, una piscina exterior con vista infinita al río, ambas alimentadas con agua de manantial.

Desde allí pueden verse las balsas de rafting descendiendo por el valle.

Pero la historia del Bungalow de la Luna no terminó con su construcción.

Cuando llegaron sus dos hijas, el bungalow creció con ellas.

La familia incorporó un segundo dormitorio, manteniendo el espíritu rústico y acogedor del espacio.

Y sin darse cuenta, aquel bungalow terminó convirtiéndose en una especie de retrato de su propia vida: un lugar que se transforma a medida que la familia cambia.

Quizás por eso representa tan bien lo que Akllasqa significa.

Un espacio que acompaña la vida.

Objetos que también merecen una segunda oportunidad

Hay algo profundamente familiar en Akllasqa incluso en los detalles más pequeños.

Parte de su mobiliario y decoración nació del reciclaje creativo.

Antiguas puertas restauradas, ventanas recuperadas y objetos que amigos regalaron al remodelar sus propias casas encontraron aquí una nueva historia.

Nada fue elegido únicamente porque fuera nuevo o perfecto.

Al contrario, la familia quiso rescatar aquello que ya tenía una historia para darle otra oportunidad.

Y existe una frase que resume esa filosofía: si las personas merecen segundas oportunidades, los objetos también.

Incluso el pisco que producen en pequeñas partidas, exclusivamente para compartir con familiares y amigos, forma parte de ese espíritu de celebrar alrededor de una mesa.

Porque Akllasqa nunca perdió su esencia inicial: la de una familia que disfruta estar junta.

Un lugar para seguir creando recuerdos

Hoy, quienes llegan a Akllasqa pueden disfrutar de rafting, cuatrimotos, cabalgatas, visitas a bodegas de pisco y vino o descubrir lugares menos conocidos de Lunahuaná, como las Ruinas de Suero.

Pero la experiencia no necesariamente comienza fuera.

Desde algunos de los bungalows se puede observar el paso de las balsas de rafting mientras el río acompaña cada momento del día.

También se puede cocinar.

Todos los bungalows cuentan con cocina equipada y menaje para que cada familia pueda preparar sus propios desayunos, parrillas, pizzas en horno de barro o incluso un tradicional chancho al palo.

Y cuando cae la noche, la experiencia puede terminar alrededor de una fogata, entre conversaciones y malvaviscos, mientras el río continúa sonando.

Es, en cierto modo, volver al origen.

El sueño de un padre que se convirtió en legado

Los últimos 1,5 kilómetros de camino hacia Akllasqa son de trocha.

Para algunos podría parecer simplemente el acceso a una propiedad en medio del valle. Para la familia, representa algo más: el momento en que la ciudad comienza a quedar atrás.

Y quizás esa sea la mejor metáfora de todo el proyecto.

Porque Akllasqa nació precisamente para alejarse del ruido.

Un padre quiso construir una casa donde sus hijos pudieran volver a encontrarse. Sus hijos hicieron suyo ese sueño. Cada uno dejó allí una parte de su personalidad.

Luego llegaron nuevas parejas, nuevas generaciones y nuevas historias.

La casa creció.

La familia creció.

Y el sueño también.

Hoy, Akllasqa abre sus puertas a otras familias, parejas y viajeros, pero conserva intacta aquella intención original: ofrecer un lugar donde las personas puedan volver a mirarse, conversar, cocinar juntas, descansar y disfrutar de algo que la vida cotidiana muchas veces nos roba sin que nos demos cuenta: tiempo.

Porque el verdadero lujo de Akllasqa no está en la ostentación.

Está en despertar frente al río.

En mirar las estrellas desde la cama.

En escuchar a los hijos jugar.

En compartir una parrilla.

En quedarse conversando después de la cena.

En descubrir que no hace falta hacer demasiado para ser feliz.

Un día, un padre compró unos terrenos en Lunahuaná porque quería tener una casa para reunir a su familia.

Sin saberlo, estaba construyendo algo que sobreviviría a aquella primera idea.

Un lugar donde sus hijos, sus nietos y quienes lleguen después puedan seguir creando recuerdos.

Y quizás esa sea la verdadera historia de Casa Campo Akllasqa: un sueño familiar que, con el paso de los años, dejó de pertenecer solamente a una familia para convertirse en un lugar donde muchas otras pueden volver a encontrarse.

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