En un país donde la política se ha convertido en pedagogía del miedo y administración cotidiana del cuerpo, la obra de Débora Castillo se presenta como una interferencia necesaria.
Su arte no consuela ni simplifica; invita a mirar, sentir y pensar desde la tensión del gesto y la corporalidad de la libertad. Venezuela ha vivido durante más de dos décadas un estado de excepción prolongado, no declarado pero plenamente operativo, que se inscribe no solo en leyes o decretos, sino en la manera en que los cuerpos se mueven, se callan y obedecen. En ese contexto, Castillo no denuncia desde la distancia ni retrata la crisis; la habita, la siente y la traduce en acción performativa.
Castillo, artista venezolana radicada en Ciudad de México, nunca ha expuesto en un museo de su país natal, pero ha desplegado su trayectoria en Estados Unidos, Francia, Bolivia, México, España e Inglaterra, siempre en instituciones que respetan su autonomía creativa. Su obra no es propaganda, ni instrumento político: es un análisis radical del poder, la monumentalización del autoritarismo y la forma en que los políticos se transforman en marionetas de un mecanismo invisible. Cada performance, cada instalación, cada gesto son parte de una investigación sobre cómo se incorpora el poder en los cuerpos y cómo se reproduce incluso cuando se cree resistirlo.

Entre 2010 y 2011, Castillo experimentó un giro decisivo con Lamezuela, su primer performance en vivo. Surgido de una frustración frente a la militarización progresiva del Estado venezolano, el acto de lamer una bota militar no es provocación gratuita, sino un dispositivo de investigación que revela la corporalidad del poder. Este mismo principio se extiende en obras posteriores como El beso emancipador, donde interactúa con bustos heroicos de Simón Bolívar, y en performances que golpean y deforman monumentos, gestos que desarman la monumentalidad del poder y lo devuelven a la materia. Su práctica no busca confrontar símbolos ni ideologías de manera abstracta, sino interrumpir, generar fricción y abrir espacios de pensamiento encarnado, donde el sonido, la escritura y el cuerpo se convierten en instrumentos de crítica.

Aunque profundamente vinculada a la experiencia venezolana, la obra de Castillo trasciende fronteras. La migración le ha permitido observar cómo estos sistemas de control se reproducen en distintos contextos y cómo los cuerpos continúan obedeciendo, incluso ante un vacío de narrativa. En su obra, el poder deja de ser un antagonista externo y se convierte en un entramado invisible que atraviesa tiempos, cuerpos y espacios, un mecanismo que se toca, se pone a prueba y se registra con precisión. La trayectoria de Castillo ha sido reconocida internacionalmente, pero mantiene un hilo claro: autonomía, fricción y crítica radical. Cada acción performativa es una extensión de su investigación sobre cómo opera el poder y cómo puede traducirse en gesto y pensamiento. En la obra de Débora Castillo, mirar es ya participar, y el cuerpo mismo se convierte en el lugar donde se experimenta la libertad.