Nacha: cuando la calma también se saborea

Una caminata por las calles de Conde Duque, una carta que provoca volver y una cocina argentina que convierte cada bocado en un instante memorable.

Detrás de Nacha está un grupo de creadores que transformó un local histórico de más de 130 años en Malasaña en un bistró único: Ignacio “Nacho” González, impulsor del proyecto; Lucas Gamarnik, socio y emprendedor; Gabriela Román, chef formada en Le Cordon Bleu; Guido Szpryngier, chef experto en parrilla y técnicas de fuego; y Joaquín Bouquet, encargado de sala y atención. Juntos fusionaron sabores argentinos y mediterráneos con una mirada contemporánea, creando un espacio donde la cocina, la técnica y la hospitalidad conviven con naturalidad.

Llegué solo, caminando sin prisa, dejando que Madrid hiciera lo suyo. Las calles tranquilas alrededor de Conde Duque bajan el ritmo sin pedir permiso y, al cruzar la puerta de Nacha, esa calma se queda conmigo. El espacio es sereno, minimalista y honesto. Nada intenta sobresalir más de lo necesario. Todo invita a quedarse y observar, escuchar y sentir.

La carta despierta un impulso inmediato: querer probarlo todo. Pero ir solo tiene ese pequeño problema delicioso: hay que elegir. La propuesta es clara desde el inicio: platitoscarnesguarniciones y postres, con una variedad atractiva, pensada, donde todo tiene su lugar y se disfruta sin prisa. Nada sobra, nada confunde.

Lo primero que llegó a la mesa fue la gran empanada de carne cortada al cuchillo, recomendada para comer con la mano. La acompañé con una copa de Biga de Luberri, tempranillo de la familia Monje Amestoy, Rioja, España. El guiso es perfecto, jugoso, profundo, y el vino lo acompaña sin esfuerzo, dejando espacio para que cada sabor se disfrute.

La segunda elección fue un vino con carácter y nombre imposible de olvidar: Remordimiento, un ensamblaje de Monastrell y Garnacha de Bodega Cerrón, Jumilla, España. Lo combiné con el platito Matrimonio —anchoa, boquerón, mayo verde, chimichurri y brioche en dos unidades—, donde cada elemento cumple su función y el conjunto se siente redondo, casi adictivo.

Para el plato central fui a lo esencial: ojo de bife en punto argentino, acompañado de patatas fritas con ajo y perejil. Aquí la elección del vino fue inevitable: The Llama, Malbec argentino de Bodegas Viñas en Flor, Valle de Cafayate, Salta. Un vino expresivo, con presencia, que dialoga de tú a tú con la carne y eleva el momento sin robar protagonismo.

En vinos, Nacha ofrece una gran variedad y la opción de disfrutar tres tipos distintos por copa, que cumplen con ese juego de “aquí y allá”, entre España y Argentina, permitiendo descubrir y acompañar cada platillo sin complicaciones.

Y para cerrar, los postres cumplen su promesa: flan de dulce de leche, fresas frescas o chocolate 85% acompañado de helado de avellana, un final que no compite, sino que acompaña el recuerdo de la experiencia.

Nacha no busca impresionar con artificios. Busca conectar: con la comida, con los vinos, con la ciudad y con quien comparte la mesa. Salí con la sensación de haber estado en el sitio correcto, en el momento justo… y con la certeza de que hay que volver. Porque hay cartas que no se terminan en una sola visita, y experiencias que, cuando son honestas, siempre piden repetición.

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