Cuando el emprendimiento te lleva más lejos de lo que soñaste

Escrito por Ciska Eguren

Hace unas semanas vi a una mujer profundamente emocionada frente a la Torre Eiffel. No la  conocía de antes, pero su historia me resultó familiar: había salido por primera vez de su país  y, mientras tomaba la foto que seguro había imaginado durante años, apenas podía con la  emoción. La observé en silencio y me vi a mí misma, casi treinta años atrás, cuando  emprender desde Iquitos parecía la cosa más improbable del mundo. 

No dejo de pensar en ella. En que detrás de esa mujer hay miles de historias que ninguna  estadística alcanza a contar, aunque las cifras empiecen a darles la razón: en los últimos  años, las mujeres están teniendo más participación y hoy son la que lideran con la creación  de más de la mitad de las empresas en el Perú. Muchas venimos de regiones, de la sierra,  de la Amazonía, donde nunca faltó el talento, pero sí las oportunidades; donde emprender no  es una moda sino, muchas veces, la única salida. 

Yo conozco bien ese punto de partida. Antes de dedicarme a esto vendí carteras y zapatos,  y fui de las primeras mujeres en manejar combis y mototaxis turísticos en mi ciudad. Encontré  en Yanbal un modelo distinto a todo lo que conocía: uno que me ofrecía crecer sin límites,  que premiaba el esfuerzo y que me permitía salir adelante mientras ayudaba a otras mujeres  a salir adelante también. No fue una decisión fácil. Fue una apuesta por mí. 

Ese camino me llevó este año a París, a recibir por segunda vez seguida el reconocimiento a  la mejor empresaria en crecimiento de Yanbal a nivel mundial. Pero lo que más me marcó del  viaje no fue el premio, sino la sala llena de mujeres que llegaron hasta ahí por su propio  mérito. Empresarias de seis países, muchas pisando Europa por primera vez, comprobando  que el esfuerzo de cada día tiene una recompensa real.  

Para millones de mujeres el emprendimiento no es un pasatiempo ni una ayuda extra a fin de  mes: es la herramienta más real que tienen para lograr su independencia económica y salir  adelante, y funciona sobre todo donde el empleo formal no llega. Lo viví yo y lo veo todos los  días en mi propia red, de casi cien líderes y miles de consultoras.  

Con los años entendí que ese fue mi verdadero punto de quiebre: el día que dejé de buscar  un empleo y empecé a construir algo propio. No tenía un título ni un capital grande, tenía  ganas de salir adelante y la disciplina para no rendirme. Eso es lo que veo hoy en cada mujer  que empieza: no le hace falta el lugar ni las condiciones perfectas, solo falta decidirse. El  liderazgo no te lo da la ciudad donde naces ni tu apellido; lo construyes el día que decides  creer en ti misma. 

Por eso estoy convencida de algo: es fundamental que en el país sigan existiendo, y se  multipliquen, las oportunidades de emprendimiento reales para las mujeres. No basta con 

celebrar las cifras una vez al año; hay que sostener los modelos que de verdad abren la  puerta, que no piden títulos ni contactos, y que reconoce el esfuerzo de quien se atreve a  empezar. Cada mujer que accede a una oportunidad así no solo cambia su vida: cambia la  de su familia y abre camino para las que vienen detrás. 

La mujer que vi emocionada frente a la Torre Eiffel es la prueba de ello, y como ella hay miles  en todo el país esperando su oportunidad. Démosela. Porque cuando una mujer de provincia  se atreve a soñar en grande, las distancias dejan de existir.

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