La Cabrera: Once años de fuego y la reconquista de los grandes cortes 

Hay lugares que tienen el don de detener el tiempo. En el corazón de Miraflores, cruzar el umbral de La Cabrera es entrar a un refugio donde el crujir de la leña y el aroma de la brasa cuentan una historia que ya suma once años de éxito ininterrumpido en nuestro país. Lo que nació como un sueño del chef Gastón Riveira en el bohemio barrio de Palermo, se ha consolidado en Lima como un puente tendido entre dos naciones que comparten la misma devoción por la buena mesa.

Una evolución del paladar

Celebrar más de una década en una plaza tan exigente como la peruana no es cuestión de suerte; es el resultado de haber sabido educar y seducir al comensal. Al inicio, enfrentaron el reto de introducir el estilo argentino en una tierra de tradiciones distintas. «Cuando abrimos, el comensal local no estaba familiarizado con el asado porteño de gran formato», comentan desde la casa. Sin embargo, tras once años de idilio gastronómico, La Cabrera da un paso audaz: el retorno a sus raíces con la propuesta de cortes de gran tamaño, piezas de 600 u 800 gramos que hoy son recibidas con entusiasmo por un público que finalmente ha aprendido a valorar el espectáculo de una carne imponente en el centro de la mesa.

El ritual de la espera y la técnica perfecta

La excelencia en La Cabrera no admite atajos. La clave de su sabor reside en la parrilla tubular, un sistema que permite una cocción pareja y caramelizada, manteniendo la jugosidad intacta. Es un proceso donde la grasa que gotea sobre el carbón se evapora y regresa a la carne en forma de un humo aromático, el sello inconfundible del auténtico asado argentino.

Entrar en este ritual requiere paciencia: un Ojo de Bife de 800 gramos puede tomar hasta 50 minutos de fuego. Pero en La Cabrera, la espera es parte del placer. Es el momento de disfrutar de sus icónicas entradas como las mollejas crocantes, las empanadas o el chorizo de rueda, mientras se comparte un vino tinto en una atmósfera que invita a la confidencia. Todo fluye hacia el momento en que llegan las ya célebres guarniciones, o «técnicas gastronómicas»: pequeñas joyas como el puré de camote al toffee o la lasaña de berenjena, diseñadas para que el comensal no tenga que despegarse de la mesa y pueda disfrutar la carne siempre caliente.

Identidad y legado en cada plato

Más allá del fuego, La Cabrera es un espacio con alma. Sus paredes y su vajilla cuentan historias; es famoso su sello de platos firmados por celebridades, artistas y amigos de la casa, una idea de Riveira para convertir cada recuerdo en parte del ADN del local. Y como todo ritual tiene un final dulce, el clásico chupetín al terminar la cena nos recuerda que este restaurante es, en esencia, el sueño de un niño hecho realidad.

Tras más de diez años, La Cabrera Perú sigue demostrando que la excelencia nace del respeto al origen y la calidad del producto, trabajando exclusivamente con carnes certificadas de Argentina y Estados Unidos. Es el refugio del fuego eterno que nos invita, una y otra vez, a celebrar la vida alrededor de una mesa donde la cultura, la hospitalidad y el mejor asado del mundo se encuentran en perfecta armonía.

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